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10 de noviembre de 2020 0

¿En qué creo?

Este es otro post que nace del corazón, que no sé si algún día verá la luz y que no sé cómo acabará. Lo que si sé es que, pase lo que pase, aprenderé mucho.

Creer es un concepto muy amplio, se puede creer (o no) en todo aquello en lo que puedas pensar.

Pero, por acotar un poco el sentido de este post, podríamos enfocarlo a aquellas cosas a las que nos referimos habitualmente cuando nos preguntamos si creemos en ellas o no.

Lo más habitual es llevar estas conversaciones al terreno espiritual pero, cuando se habla de creencias, también suelen tratarse temas políticos, sociales, ideológicos e incluso futbolísticos (pregunta a un argentino si no me crees).

En esta reflexión, voy a tratar el terreno espiritual, el fútbol nunca me ha interesado y la política cada vez menos y, en lo poco que me ha interesado, nunca he tenido claro en qué creía. Mi corazón siempre ha sido “revolucionario” y podría decirse que “de izquierdas” a pesar de que me he educado en un mundo “de derechas” pero, cuando intento analizar a los políticos, no veo diferencias con poner cualquier programa de Telecinco donde unos y otros se tiran los trastos a la cabeza sin importarles lo más mínimo el tema que están tratando y cómo afecta a las personas de las que están hablando.

Mis ganas de seguir dando oportunidades a la política desaparecieron cuando un día alguien me dijo “Si de joven no eres de izquierdas, no tienes corazón, si 20 años más tarde no eres de derechas, no tienes cabeza”. Esta cita, que se ha atribuido a multitud de autores, fue lo que consiguió que yo dejara definitivamente de opinar sobre política.

Dije que no escribiría sobre política y ya llevo dos párrafos ¿los borro? No, así me ahorro un artículo sobre el tema y lo doy por zanjado.

Hablemos de lo que me ha traído a empezar estas líneas ¿en qué creo a nivel espiritual?

Me gustó mucho cómo fueron fluyendo las ideas en Historia de un gordito, artículo en el que reflexioné sobre uno de mis mayores problemas recurrentes a lo largo de mi vida. Lo hice repasando desde mi niñez, así que con este artículo haré lo mismo.

Empecemos.

En “Historia de un gordito” ya os presenté a Ade, mi segunda madre. Ella era muy religiosa (cristiana católica) y la persona más buena que he conocido. Por lo tanto asocié el cristianismo católico a la bondad.

Ella me enseñó el “Jesusito de mi vida”, el Padre Nuestro y el Ave María. No recuerdo cuándo fue la última vez que los recé pero quizás fue con 23-24 años, hasta entonces rezaba 5 Padres Nuestros y 5 Aves Marías todas las noches. El “Jesusito de mi vida” creo que desapareció antes de la adolescencia.

Rezaba pero no hacía nada más, es decir, no era “un buen cristiano”. Lo hacía, creo yo, por inercia, por tener algo que me diera seguridad y por miedo, la cultura judeocristiana, desde mi punto de vista, siempre ha estado ligada a lo que puede ocurrir en la otra vida si no crees.

Hago un inciso: a partir de aquí voy a empezar a hacer reflexiones y arrojar datos sobre los que puedo ser impreciso, no estar seguro o no dar toda la información e incluso puedo ofender a alguien. Ruego, si me estás leyendo y te ofendo o piensas que no estoy en lo correcto que, desde el respeto, me des tu feedback, bien en un comentario al final de este artículo o bien en privado. Debes tener claro que todo lo que leerás a continuación es lo que tengo dentro y cada palabra está escrita desde el más puro respeto.

Sigamos ¿por dónde iba? Ah sí, estaba terminando de contar el porqué rezaba.

¿Cuál fue mi educación religiosa? He estado en cuatro colegios, todos ellos religiosos, pero mis padres no lo eran, al menos no practicantes. Intentaré hilar ambas historias; la de mis padres y mi educación religiosa.

Definiría el primer colegio en el que estuve como “el creativo”. Todo era magia y de hecho hace unos años retomé el contacto con algunos de mis compañeros e incluso asistí a una cena de antiguos alumnos y vi como esta educación había hecho mella en ellos: Dani componía películas, series y videos, Yago montaba “conciertos ecológicos” y una chica a la que no recordaba se había convertido en “sanadora”.

Era un colegio religioso pero sin presión. Lo único que recuerdo a nivel religioso fue mi primera comunión (probé el vino por primera vez y fue todo un acontecimiento) y al Padre Lage, un señor pequeñito que transmitía mucha paz y bondad.

El segundo colegio en el que estuve lo definiría como “el de las clases”. Lo que voy a contar a continuación puede que moleste a alguien y puede mostrar cierta acritud hacia este centro. Nada más lejos de la realidad pero no puedo expresar mi experiencia de otra manera.

Con el cambio de centro pasé de un entorno en el que se fomentaba la libertad, a uno en el que todos éramos chicos, había una corriente que impregnaba todo (el Opus Dei), rezábamos varias veces al día y a diario había un break de media hora (a las 12h.) en el que te daban la opción de quedarte estudiando o bajar a misa. Yo, que era un desastre (a eso ahora le llaman TDAH), siempre me quedaba “estudiando” (copiando a otros los deberes que no había hecho). Un día (solo ocurrió un día pero se me quedó grabado) entró un profesor en la clase de estudio y a los poquitos que no habíamos bajado a misa nos señaló uno tras otro diciendo “ateo, ateo, ateo, ateo…”

Hacíamos también retiros donde rezábamos mucho. Solo fui a uno o dos.

¿Por qué le llamo “el de las clases”? Según dicen mis padres me cambiaron de uno a otro por la educación y los valores. Sinceramente yo en este segundo colegio aprendí que había gente rica y gente pobre y que yo pertenecía a los primeros y que los valores que valían eran los del Opus Dei.

Me estoy dando cuenta de que estoy siendo muy crítico con esta segunda experiencia y quisiera suavizarlo, voy a intentarlo.

Hubo algún profesor del que aprendí mucho. Mi profesor de historia, Andrés, enseñaba muy bien, el de filosofía, Javier, también y el de historia del arte, Jaime, era muy bueno conmigo.

Podría suavizarlo también hablando de sus instalaciones, de su espíritu deportivo, de su afán de sacar grandes profesionales que se ganen bien la vida y con mucha seguridad en sí mismos, de su preocupación por “las causas perdidas a nivel académico” como yo… En esto eran muy buenos.

También podría suavizarlo diciendo que no solo se preocupaban de educar a la gente con dinero sino que además tenían una opción para los alumnos que no podían permitirse pagar un colegio privado “de los caros” a quienes daban clase por la tarde. Les llaman “la SET” (nunca he sabido porqué). Pero, tanto profesores como alumnos, los llamábamos “los setos” y el tono en el que lo hacíamos era en tono despectivo, mofa, o clasista.

Otra forma que se me quedó grabada de cómo nos diferenciaban algunos profesores a los unos de los otros y que ayuda a que haya descrito a este centro como “el de las clases” era cuando, en ocasiones, hacían referencia a las profesiones de nuestros padres, yo solo veía a niños, a compañeros, pero algunos profesores se encargaban de que supiéramos quién era hijo de qué empresario importante.

Entiendo que estos detalles, a personas que estudiaron en este colegio toda la vida, no le marcarán. A mí, que venía de un sitio en el que todos éramos iguales, me chocó y se me hizo bola.

Inciso: compañero o profesor de este colegio, si estás leyendo esto, ruego no te ofendas y, si quieres, escríbeme. Esta fue mi experiencia y aunque lo he intentado, no podría contarlo de otra manera.

Sigamos.

Te había hablado de cuatro colegios y hasta ahora solo he hablado de dos. Los otros los mencionaré brevemente: un colegio en Inglaterra con tradición protestante y otro en Estados Unidos que, creo recordar, era católico. Nada que destacar de ninguno de ellos a nivel educación espiritual.

Y aquí es cuando hilo la historia de la educación espiritual recibida por parte de mis padres.

Tanto mi padre como mi madre provienen de familias muy católicas, sobre todo mis abuelas. Siempre me ha resultado curioso el por qué mis padres, con unos progenitores tan religiosos, no nos obligaron a seguir las tradiciones de éstos y tampoco las siguieron ellos. Creo que acabaron cansados y decidieron investigar por su cuenta, sobre todo mi madre, con quien he tratado más estos temas que con mi padre.

Ella nos decía, en tono de humor, que había ido tantas veces a misa de pequeña que teníamos una Bula Papal que nos eximía de ello. También nos hablaba de los Anunnaki de Zecharia Sitchin, de Rama, de Krishna, de Mahoma (no era su predilecto), de Buddha, de Los grandes iniciados de Edouard Schuré… Ella nos dio perspectiva.

Un día le pregunté ¿cómo la gente puede creer en Jesucristo? Pensando que ella, con toda la historia que os he contado, estaría de acuerdo conmigo. Su respuesta me descuadró, me dijo “Jesucristo trajo el mejor mensaje de todos; igualó a los seres humanos”.

Ese momento me volvió a acercar a la figura de Jesús ¡vaya mensaje! ¡Y era cierto! El hinduismo y sus castas, los griegos y sus esclavos ¿y Jesús? El dio un protagonismo nunca visto en la historia a su madre, el se rodea de mujeres como iguales, incluyendo a una prostituta, y nos trae el mensaje de que, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos.

¡Wow!

Al terminar mis años escolares Ade, la persona que me había dado mis bases religiosas, murió y yo perdí el contacto con todo lo espiritual. Y así estaba yo, hecho un lío, con veintimuchos / treinta y pocos, viviendo la vida loca de un veinteañero pero siempre con el run run de en qué creer ¡con lo fácil que hubiese sido dejarme llevar por una única creencia que tan a huevo me pusieron!

Pero no. No era capaz de creer. Aún así, desde entonces, he tenido algunos acercamientos a la iglesia católica:

Uno de mis primeros trabajos fue cerca de este colegio del Opus Dei del que os he hablado. Un día decidí pasarme por ahí, por curiosidad, por morriña… Y me encontré a Jaime, el profe de historia del que os he hablado antes. Amablemente se sentó conmigo para hablar y directamente la segunda o tercera pregunta fue ¿cómo va tu fe? En ese momento me abrí y le conté todo lo que había aprendido durante los últimos años y su cara cada vez iba mostrando más desagrado hacia lo que escuchaba salir de mi boca. No le gustó en lo que me había convertido y no tenía respuestas para mí. A mí tampoco me gustó encontrarme a una persona que, cuando estudiaba, consideraba tan abierta de mente y que, al no estar del lado de sus creencias, no se abrió a entenderme.

Años después, cuando me casé, a pesar de la experiencia anterior, volví al colegio, esta vez para confesarme (para quien no lo sepa, es obligatorio, si te quieres casar, confesarte previamente). Pude haberme inventado que había ido pero decidí hacer las cosas bien. Debía llevar acumulados cientos de pecados, imaginaros, desde los 15 hasta los 29 la cantidad de pecados que un chaval puede cometer. Le dije esto al cura que me atendió ¡menos matar, los he hecho todos y repetidas veces! Y le propuse que tuviéramos una conversación en la que yo le expresase los motivos por los que me costaba creer. A pesar de que me abrí como una flor no conseguí ir más allá de un “tienes que tener fe”.

¿Cómo puedes tener fe en una iglesia que sabes que, de lo que predicaba su líder (si es que existió) a lo que ha llegado a nosotros, los intereses de quienes decidían en la época, hace algo menos de 2000 años, han hecho que solo llegue lo que consideraban adecuado? ¿Cómo iba a creer en lo que decía aquella gente que no había experimentado otra cosa y que no tenía perspectiva? Estas eran algunas de las preguntas que me hacía y para las que no obtenía respuestas.

Años después, una persona muy cercana a mí decidió quitarse la vida y decidí volver a este mismo colegio para obtener respuestas. ¿Por qué seguía llamando a la puerta de un lugar con el que nunca había sintonizado? Quizás, esta vez, porque fue en este mismo colegio donde me enseñaron que había cielo, purgatorio e infierno y creí entender que, quien se quitaba la vida, iba directamente al infierno. Yo, por aquel entonces, seguía sin creer en lo que la iglesia católica predicaba pero me entró curiosidad sobre si de verdad pensaban que esta persona tan cercana a mí iría al infierno. Me organizaron una sesión con un cura de allí, de nuevo salí sin nada de empatía y como única respuesta la de tener fe en algo en lo que me era imposible creer.

Fui una vez más a ver a otro profesor, no diré quién, a este le vi más perdido que yo aunque, como no, se agarraba a su fe.

También decidí hablar con otros profesionales de la fe cristiana mas allá del Opus Dei. Tuve mis conversaciones con este cura, muy activo en Twitter, también con otro cura que decían buenos amigos míos que era revolucionario con quien me fui un día a comer.

No había respuestas a mis preguntas.

E incluso en los últimos años he hablado con compañeros míos del colegio, algunos muy cercanos a la religión católica y otros al Opus Dei, y me he encontrado de todo: desde personas cerradas a debatir porque “les estaba alejando de su fe” hasta personas con ganas de ayudarme a entender.

Pero seguía sin respuestas.

Parece, con lo que estoy contando, que soy una persona obsesionada con entender el cristianismo y tener fe pero nada más lejos de la realidad. El cristianismo ha formado una gran parte de mi vida y es lo que más conozco pero me he interesado igual o más por otras creencias que por esta.

En el año 2017 hubo algo que me cambió y se llama meditación Vipassana y lo mejor es que no se trata de una religión sino de una filosofía de vida que aúna a todas las religiones.

Inciso: aquí es cuando estos que no quieren que perturbe su fe dejan de leer… ¡Un abrazo fuerte para todos ellos!

No voy a hablar de qué es la meditación Vipassana pues ya expliqué mi experiencia aquí ¿Por qué lo traigo entonces?

Porque fue donde entendí todo.

– Entendí que los líderes de las religiones (no de todas pero sí de aquellas que se practican en nuestros días) tienen algo en común: la bondad. Estos son aquellos a los que Edouard Schuré llamó “los grandes iniciados”.
– Entendí que da igual saber si Jesucristo existió o no. Si existió ¡qué gran persona! si no existió ¡menuda creatividad la de los que lo inventaron y cuánto bien trajeron al mundo!
– Entendí que son los seres humanos los que vician las religiones y crean “los bandos”. Ya lo decía Karl Marx; «La religión es el opio del pueblo». Las cruzadas o la Yihad (mal entendida) no son cosas de Mahoma o de Jesucristo, son actos de los seres humanos.
– Entendí que no es importante saber quién fue el verdadero hijo de Dios. Importa que todos ellos trajeron un mensaje de paz y amor. Habrá quien diga que el Corán permite castigar a las mujeres, que el hinduismo no se preocupa de las castas más bajas… Lo siento, no soy la persona adecuada para interpretar o debatir sobre esto. Solo sé que no me importa. Haré aquello bueno de lo que hablan todas las religiones, filosofías y creencias. Y no seguiré ni me comeré la cabeza por normas que se escribieron hace miles de años.

Y para entender todo esto solo tuve que mirar dentro de mí.

¿Cómo?

¡Sí! Meditar es meditar. Es algo que no entiende de religiones. Cada religión tiene sus mantras, algunas en forma de rezos, otras en forma de cánticos… pero lo que me gusta a mí de este tipo de meditación es que no tienes que creer en nada, no hay ritos. Solo te enseñan a buscar dentro de ti.

Y meditar cada día me permite tener la oportunidad de, en cada sesión, vivir el Viaje del héroe (Joseph Campbell) y entender que cada día es una aventura.

Pero ¿qué hay del más allá? ¿Nos reencarnamos? ¿Vamos a un cielo con 72 vírgenes? ¿Infierno, cielo, purgatorio?

Mira, en apología de Sócrates, cuando se estaba juzgando al filósofo y se le dio la posibilidad de pedir perdón para evitar su ejecución, no voy a citar ni a buscar sus palabras exactas pero básicamente lo que dijo es que no sabía lo que le esperaba tras la muerte pero que, al morir, podría darse uno de estos 2 casos:

– “La nada”: entonces ¿por qué preocuparse?
– El cielo que prometían los griegos: en ese caso expresó su deseo de dejar este mundo para disfrutar de este, pues le parecía mejor escenario que el actual.

E indicó que prefería cualquiera de esas dos opciones a vivir traicionando aquello en lo que creía.

¿Soy yo más sabio que Sócrates? Obviamente no.

¿Por qué me voy a preocupar entonces de lo que hay después de la muerte?

No quisiera estar en un cielo en el que, a pesar de haber vivido de acuerdo a mis principios, me nieguen la entrada por no creer en lo que otros seres humanos decían que debía creer.

¿Y en qué punto estoy ahora?

Estoy en el punto de creer en todo lo bueno de todos los credos y no dar importancia a lo que las personas han interpretado. Creo en la Bondad de Rama, Krishna, Hermes Trismegisto, Moisés, Orfeo, Pitágoras, Platón, Zoroastro, Jesucristo o Buda y de cualquier otro ser humano que haga el bien. El Papa Francisco, por ejemplo, me tiene fascinado.

Estoy en el punto de descubrir lo bueno de cada religión y no atarme a ninguna. Por ejemplo, en diciembre me he apuntado a un Retiro de Emaus (cristiano, sí) y voy a empezar a practicar el Wing Tsun (monjes shaolin).

Estoy en el punto de rechazar todo lo que nos separe a unos de otros: banderas, religiones, fútbol, política principalmente, pero también, opiniones respecto a lo que ha hecho fulanito, menganito u otros juicios que no hacen más que entorpecer.

Ha sido apasionante llegar hasta aquí. Gracias por leerme.

 

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